¡Qué equivocado está Dios al decir: Este es un mundo frío, triste, cruel e insensible; desearía estar fuera de él, cuando Tú lo has vestido con tantas bellezas para convertirlo en una habitación adecuada para tus criaturas descarriadas!
¡Qué mal abandonarme a vanas murmuraciones y arrepentimientos, y desear un pronto fin de mi existencia aquí, cuando Tú me has legado todo lo necesario para mi prosperidad y felicidad material, así como para mi avance y elevación espiritual!
¡Padre Divino! ¡Dame un espíritu capaz de apreciar justa y verdaderamente tus gloriosas obras, y a través de ellas, de estimar tu infinito valor y el poder y la gloria de tu Espíritu omnipenetrante!
¡Enséñame a ser tan fiel a mí mismo como lo es la naturaleza a sí misma y a hacer mías tanto como sea posible las sublimes excelencias de tu carácter paternal!
Y si me toca recorrer el camino espinoso de la prueba y el sufrimiento, y beber profundamente de las amargas heces del dolor y la adversidad, que sean endulzados por los pensamientos de una vida más feliz que me espera en ese brillante más allá, donde las lágrimas serán enjugadas de todos los rostros, y la paz y la bienaventuranza puras coronarán el espíritu exultante.
Que mi alma resulte tan fiel a las leyes que la gobiernan, como lo es la gran Alma Palpitante del Universo, nuestra Madre Naturaleza, a quienes la gobiernan.
¡Que pueda acudir a ella en busca de instrucción y guía, y leer en su poderoso libro las lecciones de la vida humana, que nos enseñan a todos el verdadero conocimiento y sabiduría, y que nunca nos desviarán del camino correcto!



