¡La naturaleza es un Templo verdadero y vivo del Dios Altísimo donde Él es adorado devotamente en Espíritu y en Verdad, y donde se hacen sonar Sus más altas excelencias y se cantan Sus alabanzas más puras!
¡La catarata rugiente truena Su poder infinito, y el pequeño arroyuelo serpenteante murmura Su humildad! ¡Las agitadas olas del océano hacen eco de Su majestad imperial, y las tranquilas y plácidas aguas del lago reflejan Su pura sencillez! Los mismos pájaros del aire cantan acciones de gracias a Él por satisfacer sus carencias y necesidades, e incluso las bestias del campo hacen resuenar en muda elocuencia sus sentimientos de gratitud instintiva.
¡En los relámpagos bifurcados leemos un sermón del gran poder de Dios, y en los truenos, de Su majestad y fuerza! En los emparrados del bosque y en las arboledas floridas, haciendo eco de los maitines de mil lenguas musicales, discernimos el Amor Imparcial y la Caridad de la Omnisciencia que ha vestido Su creación natural con tantas bellezas maravillosas, calculadas para elevar y ennoblecer los afectos de los niños que Él ha creado y atraer los poderes de adoración de sus corazones hacia el Gran Originador Infinito.
En todos estos elementos que se desarrollan, rastreamos las obras de Jehová y vemos grabados en ellas esos sermones inmortales, que nos enseñan mediante la belleza de los argumentos y las ilustraciones, las lecciones más puras de piedad y sabiduría, y mediante las cuales llegamos a una relación más cercana y santa con su Divino Autor.



