Publicado el 12 de abril de 2026 06:15 a.m.
Supongamos que todos mintieran sobre todo todo el tiempo. ¿Podríamos sobrevivir como individuos y como sociedad? La respuesta es un rotundo no. Porque incluso si convirtiéramos mentalmente cada mentira en su opuesto, todavía no llegaríamos a la verdad en todos y cada uno de los casos.
La mayoría de las veces estaríamos adivinando la verdad, y claramente esto nos complicaría la vida infinitamente. Más que eso, uno puede pensar en numerosos casos en los que decir mentiras tendría consecuencias fatales para la otra persona, posiblemente incluso para nosotros mismos.
Decir la verdad, por el contrario, mejora inherentemente la vida. No sólo simplifica nuestras interacciones unos con otros, sino que también ennoblece y dignifica. Porque al compartir la verdad con otra persona, afirmamos el valor intrínseco de esa persona. Sobre todo, a través de la veracidad participamos de la verdad misma. Quedará claro lo que quiero decir con esto.
Podemos observar fácilmente el efecto caótico de la mentira en la vida diaria, especialmente entre nuestros líderes. La política se ha convertido casi en sinónimo de mentira y trampa. Las grandes empresas son otro ámbito en el que mentir se considera conveniente, no sea que la verdad exija normas ecológicas y de otro tipo más sólidas.
Pero la mentira puede ser incluso más profunda que eso. Hace dos milenios y medio, el filósofo griego Platón se preguntaba en su República si se podría idear una “mentira noble” que tuviera suficiente convicción para toda una comunidad. De hecho, esa mentira fundamental –aunque tal vez no sea tan noble– está operativa en nuestra sociedad occidental. Esa mentira es la creencia, engendrada por el materialismo científico, de que la vida es unidimensional y que todo lo que se habla de una Realidad superior es pura fantasía.
De esta mentira central surge toda una visión de la vida que nos priva de nuestra participación en las dimensiones superiores de la existencia y, por tanto, de nuestra dignidad humana. Porque mientras pensemos y reforcemos unos en otros la creencia de que somos meros cuerpos de carne destinados a desaparecer en la nada en la hora de la muerte, estaremos viviendo una mentira que nos disminuye.
El yoga de decir la verdad
No es de extrañar que la veracidad haya sido tradicionalmente celebrada como la virtud moral más elevada y el fundamento de todas las demás virtudes. Así, en el Mahanirvana-Tantra, compuesto hace más de 1.000 años, encontramos la siguiente declaración:
Sin veracidad, la adoración es inútil. Sin veracidad, la recitación es inútil. Sin veracidad, el ascetismo es tan infructuoso como una semilla en tierra estéril…. En verdad, la veracidad es el mejor ascetismo. Todas las acciones deben estar basadas en la veracidad. Nada es más excelente que la veracidad.
Esto expresa un sentimiento que alguna vez fue global pero que, hoy en día, generalmente es poco más que un bonito dicho. Sin embargo, las tradiciones espirituales del mundo, en particular el yoga, contienen muchas consideraciones conmovedoras sobre la naturaleza de la verdad y la veracidad, que no han perdido nada de su relevancia.
Para el yogui tradicional, decir la verdad es una manifestación de la Verdad absoluta, que es la Divinidad. Es decir, cuando somos veraces, participamos de alguna manera de la Verdad última. Ser verdadero significa respetar, adherirse e incluso comunicarse con lo Divino. Ahí reside el poder de la verdad.
Al ser sinceros, somos fieles a nuestra naturaleza divina superior. La palabra sánscrita para veracidad es satya, que está relacionada etimológica y semánticamente con sat, y denota aquello que es real o verdaderamente existente. Transmutamos una parte del cosmos (nuestra circunstancia y vida inmediatas) en un pedazo de cielo.
Ésta es la tarea central de todo trabajo espiritual: transformar la naturaleza, la nuestra y la naturaleza en general, y hacerla conforme a lo Divino. La veracidad es la base moral sobre la cual el practicante de yoga puede construir su templo de disciplina espiritual y vida consciente. Esto es tan cierto hoy como lo fue hace miles de años.
La veracidad tiene muchos aspectos. Una, por encima de todas, es la sinceridad, que es absolutamente esencial en el camino espiritual. Como nos recuerdan las grandes escrituras hindúes, mientras seamos propensos al engaño, al autoengaño, a la deshonestidad, a la simulación, a la hipocresía y a las posturas, nuestras semillas espirituales caerán en suelo estéril. Las mentiras son como arenas movedizas y arrastran al olvido incluso nuestros mejores esfuerzos.
Estos pensamientos parecen casi extravagantes para nuestra mente moderna, que está tan acostumbrada a una amplia variedad de engaños.
Hay ocasiones en las que sería brutal decir la verdad, como cuando a un niño pequeño que espera ansiosamente a Papá Noel se le dice que Papá Noel no existe. Pero hay muchas más ocasiones en las que decir la verdad puede doler en el momento pero traer plenitud a largo plazo, como cuando confesamos una transgresión. Pero la veracidad requiere coraje y confianza, dos cualidades que exigen lo que alguna vez se llamó disposición heroica.
Los practicantes de yoga sinceros se ven constantemente desafiados a tener en mente (y en sus corazones) la Verdad suprema. Sin embargo, su máxima aspiración se sustenta en esas innumerables pequeñas verdades que exigen ser respetadas a lo largo del día.
El yoga espera que seamos héroes y heroínas, no del tipo de capa y espada, sino del tipo que lleva a cabo su rutina diaria con integridad y sabiendo que la verdad es un gran poder e integral para la autorrealización y la autotrascendencia.



