Durante la mayor parte de mi vida, pensé que el fitness se trataba de control: controlar mi cuerpo, mi horario, mi rendimiento. Como atleta de secundaria y universitaria, hacer ejercicio era una constante, no por razones estéticas, sino para llevar mi cuerpo al límite. Eso fue parte de mi estrategia ganadora. Yo era la reina de «nunca te pierdas un lunes», midiendo el éxito según lo perfectamente que podía seguir un plan. Desde fuera parecía disciplinado. Pero por dentro estaba exhausto.
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