La salvación es el don gratuito de Dios.
En el cielo, tu vida pasada, con todas sus sombras, se presenta claramente ante tus ojos, y percibes que todo lo que hayas hecho bien fue el resultado del entrenamiento, no del mérito; no hay nadie que pueda albergar la idea de haberte ganado la salvación. Al contrario, reconoces con gratitud cuánto debe haber sido perdonado para que seas salvo. Eres sólo una criatura de Dios, corporal y espiritualmente, y estás feliz de serlo. Eres un invitado a la mesa del Señor grande y rico a quien no le has dado nada, a quien tampoco en el cielo puedes darle nada.
Ser feliz es servir.
Mientras vives en la tierra, crees que te conoces a ti mismo y eres consciente de tus puntos débiles, pero sería muy saludable para ti si pudieras por un momento contemplarte a ti mismo y a tu vida a la luz de la eternidad, o incluso del sonambulismo.
Todos los pecados de tu vida pasada están ante ti sin paliativos, tal como estaban, con todas sus malas consecuencias y en su desafortunada concatenación con los pecados de otros.
Gracias y alabado sea Dios porque esta contemplación contribuye a vuestro conocimiento de la sabiduría y misericordia de Dios que no dejó crecer muchas de estas malas hierbas, y supo reparar mucho de lo que habíais hecho mal.
Ves allí una multitud de palabras desconsideradas o poco amables. El que dice: ¿Qué me importa? está ante tu alma. Ves la multitud de inclinaciones y deseos pecaminosos. Ves una serie de pecados de omisión.
Comprenderéis fácilmente por qué os he dicho esto, pues cada uno tiene su libro de cuentas y es durante el período de vuestra vida terrenal cuando éste se llena.



