El estudioso del Antiguo Testamento Walter Brueggemann describe cómo orar con los Salmos puede ser un acto de solidaridad con nuestra humanidad universal:
Los Salmos, con pocas excepciones, no son la voz de Dios que se dirige a nosotros. Son más bien la voz de nuestra humanidad común, reunida durante un largo período de tiempo, pero que sigue teniendo una autenticidad y una contemporaneidad asombrosas. Habla de la vida tal como es realmente, porque en esas dimensiones profundamente humanas persisten los mismos problemas y posibilidades. Y entonces, cuando recurrimos a los Salmos, significa que entramos en medio de esa voz de la humanidad y decidimos defendernos con esa voz. Estamos dispuestos a hablar entre ellos, con ellos y para ellos, a expresar nuestra solidaridad con esta peregrinación humana, angustiada y gozosa. Sumamos una voz al júbilo común, al dolor compartido y a la ira comunitaria que nos acosa a todos…. Cuando lo hagamos, descubriremos que las palabras de las Escrituras aportan poder, forma y autoridad a lo que sabemos acerca de nosotros mismos. (1)
Exiliada de Cuba, la teóloga Ada María Isasi-Díaz (1943-2012) encontró consuelo en el Salmo 137:
Cuando leí el Salmo 137 por primera vez, recuerdo haber resonado con la mayor parte de lo que dice el salmo; Recuerdo sentir que podía expresar apropiadamente el dolor que estaba experimentando al estar lejos de mi país en contra de mi voluntad. Después de la crisis de los misiles cubanos en 1962, me di cuenta de que mi ausencia de Cuba iba a ser larga. Poco después llegó un día en que el estatus de mi visa cambió de “turista”: me convertí en refugiado. El Salmo 137 se convirtió en mi refugio: “Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Jerusalén” (137:1).
Recuerdo vívidamente el día que me atreví a mencionarle a una amiga lo mucho que me identificaba con el Salmo 137. Ella en tono de broma me respondió: “¿Vas a colgar tu guitarra de un árbol?”… Eran incapaces de comprender el dolor de estar lejos de la tierra que mi vió nacer (la tierra que fue testigo de mi nacimiento). A veces mis amigos me pedían que hablara de Cuba. Quienes me rodeaban no entendían por qué yo, que amo cantar, siempre me mostraba reticente a cantar “Guantamanera”, la canción que utiliza en sus versos poemas del padre de mi patria, José Martí. Uno de ellos dice,
Yo quiero cuando me muera
Sin patria pero sin amo
Tener en mi tumba
Un ramo de flores
Y una bandera.
quiero cuando muera
sin patria pero sin amo,
tener en mi tumba
un ramo de flores
y una bandera.
Entonces me decía a mí mismo: “¿Cómo podremos cantar el cántico de Yahweh en tierra extranjera?” (137:4) (2)
Brueggemann concluye:
Los salmos no se usan en el vacío, sino en una historia en la que morimos y resucitamos, y en una historia en la que Dios está obrando, poniendo fin a nuestras vidas y creando nuevos comienzos llenos de gracia para nosotros. Los Salmos se mueven con nuestra experiencia. También pueden llevarnos más allá de nuestra propia experiencia reservada hacia las peregrinaciones más conmovedoras de nuestras hermanas y hermanos. (3)
Referencias:
(1) Walter Brueggemann, Orar los Salmos: involucrar las Escrituras y la vida del Espíritu2ª ed. (Libros en cascada, 2007), 1–2.
(2) Ada María Isasi-Díaz, Teología mujerista: una teología para el siglo XXIy (Libros Orbis, 1996), 35–36.
(3) Brueggemann, orando15.
Crédito de imagen e inspiración.: Michael esturión, intitulado (detalle), 2020, foto, Ucrania, Unsplash. Haga clic aquí para ampliar la imagen. El tamborilero se aferra al ritmo interior que el exilio no puede borrar (un ritmo del que se hacen eco los Salmos): el poder de la música para nombrar la opresión, recordar el hogar y resistirse al olvido.



