Me gustaría que usted me contara la aparición personal de Jesús en aquel momento.
Bueno, lo conocí cuando era un niño pequeño en Egipto. Pero cuando lo encontré en Judea, quedé estupefacto, porque al mirarlo, me pareció más que un hombre.
Había algo en su rostro y en la mirada de sus ojos que me decía claramente que no estaba en presencia de un simple mortal.
Su rostro brillaba con una luz nada natural. Cuando habló, su voz llegó a lo más profundo de mi alma.
En apariencia corporal, era bastante alto, delgado, pero proporcionado. Había algo de mujer en su rostro.
Su cabello era de un castaño claro, con raya en medio de la cabeza y colgando sobre sus hombros. Sus ojos eran negros, agudos y penetrantes, con una profundidad de expresión no mortal.
—Hermes, el egipcio



