Una vez, una hermosa niña entró al cielo. Ella era la primera de una familia numerosa y afectuosa, y el llanto doloroso de su madre fue—
¡Si tan solo tuviéramos a alguien allí para conocerla y cuidarla!
Pero ella no llegó sola. Ella vino, amorosamente acurrucada en los brazos del Maestro. Mientras estaba sentado, todavía acariciándola y hablándole, un gatito de Angora extraordinariamente hermoso llegó corriendo por el césped.
La niña quería mucho a este gatito, y cuando éste enfermó y murió unas semanas antes, le trajo una gran tristeza.
Pero ahora, el gatito saltó directamente a sus brazos, donde yacía contento. ¡Con un grito de alegría, reconoció a su pequeño favorito!
Fueron tales abrazos y besos, los que recibió ese gatito, que hizo alegría hasta en el cielo.
¿Quién, sino nuestro amoroso Padre, habría pensado en tal consuelo para un niño pequeño? Nos muestra que en la próxima vida encontraremos las cosas que nos dieron una gran felicidad debajo.
En ese mundo divino no hay tristeza, ni dolor, ni lágrimas, sino las de alegría. Sólo hay luz, amor y paz, por los siglos de los siglos.
Intramuros



