Me pareció que nunca había visto flores tan hermosas como las que crecían por todas partes. Podía ver los árboles frutales de un lado, rosados y blancos con flores, y del otro lado, muchas variedades de frutas, todas en una sola variedad de árbol. Las uvas me parecieron muy extrañas: muchas de ellas no eran más pequeñas que manzanas de buen tamaño, pero no tenían piel exterior ni semillas de ningún tipo.
La gente en el plano material podría preguntarse cómo se mantenían unidos sin piel ni semillas.
No les sorprendería tal cosa si pudieran comprender las Leyes y Fuerzas por las que se gobiernan los elementos espirituales.
Nunca olvidaré la imagen que recibieron mis ojos, mientras me encontraba en lo que parecía ser una línea fronteriza entre el universo material y el mundo de los ángeles y los espíritus.
Pude ver pasar ante mí el poderoso Universo, no como un panorama, pues no se perdió de mi vista ni por un instante. Allí pude ver el sol en todo su calor y magnitud, una gran esfera de luz resplandeciente, más grande que cualquier cosa que jamás hubiera imaginado. Luego, los planetas y los millones y millones de estrellas, en más colores y matices de los que la mente material puede comprender. Ciertamente se veían muy hermosos.
La luna me pareció un lugar de aspecto muy extraño, con sus montañas volcánicas huecas y su peculiar viento que soplaba continuamente.
Pensé que la imagen del Universo, las estrellas y las constelaciones, los cometas y los destellos de luz, los meteoritos y muchas otras vistas perdidas para el ojo material, era la vista más hermosa y maravillosa que jamás me había tocado presenciar.



