¡Mira los cielos y cuenta las estrellas! ¡Los hogares de las almas en la eternidad son más numerosos que esos puntos brillantes!
Entre estos escenarios de sublimidad, prosigues tu camino solitario hasta llegar a los confines de un mundo nuevo, no diminuto, como la tierra que has abandonado, sino una esfera cuyas vastas dimensiones son como el tamaño del sol y que, como ese orbe, parece un globo de luz.
Un extraño temblor invade tu cuerpo, un deseo ardiente, un anhelo de llegar a este mundo y penetrar en su atmósfera, que lo envuelve como un halo fosforescente. Obedeces este instinto.
Así como el pájaro que se eleva en los cielos se sumerge en el aire en busca de alimento, así el alma, con instinto infalible, desciende a través de esta atmósfera luminosa y encuentra su alimento, y también sus parientes, todos fuera de los dominios de la tierra.
Fantasmas en las páginas de la historia: ¡aquí están, viviendo en este mundo de espíritus! ¿Son reales estas ciudades justas? ¿Son estos árboles y arbustos, estas montañas y llanuras sustanciales y reales?
¿Es este un mundo real, esta bola eléctrica, que brilla como una joya y gira en el espacio como las ruedas del carro de Jehová? ¿Es cierto que estos poderosos seres con sus múltiples facultades alguna vez habitaron ese pequeño globo llamado tierra? Estos maravillosos seres que pueden atravesar el aire como arcángeles, que giran por el espacio como meteoros en llamas, ¿fueron alguna vez trabajadores sobre las pesadas arenas de la tierra?
¡Donde no hay principio, no hay fin, y desde donde estoy en las alturas de ópalo, no puedo ver en la creación ni principio ni fin! Es lo que yo veo, es lo que ven todos los espíritus.
¡Qué lengua mortal puede expresar las maravillas que pasan ante los ojos, que han estado contemplando el espíritu durante miles de siglos! Si los hombres no logran comprender el funcionamiento del pequeño globo terrestre, ¿cómo podrán comprender los planes de este poderoso mundo de almas?
¡Respiro un aire tan refinado que impregna mi ser y me eleva entre los dioses!
Ya no soy un mortal débil y enfermo que huye de las tormentas de la tierra, sino un habitante inmortal y en constante progreso de un mundo cuyo aliento es como el aire más fino del verano, cuando se cuela sobre un jardín de flores perfumadas.
—Espíritu de Quincey



