Cada alma tiene el castigo que mejor se adapta para ejercer una influencia y un efecto disuasorio sobre ella en su próxima vida.
La creencia o incredulidad en un estado futuro no altera la Ley Cósmica de Compensación y Purgación Astral.
Las Leyes del Karma no pueden ser derrotadas negándose a creer en un más allá, ni negándose a admitir la distinción entre el bien y el mal. Cada ser humano tiene, en lo más profundo de la superficie, una realización intuitiva de la supervivencia del alma, y cada individuo tiene una conciencia profundamente arraigada de algún tipo de código moral.
Cuando los ojos del alma se aclaran para que puedan discernir la maraña de causa y efecto y seguir cada hilo particular de su propia inserción en él, tiene en sí misma un cielo y un infierno de mayor intensidad que cualquier cosa que Dante haya soñado jamás.
No hay alegría del alma incorpórea comparable a la que experimenta al percibir los resultados lógicos de una acción correcta, ni ningún dolor igual al de percibir el resultado de una acción mala con el repugnante pensamiento de que podría haber sido de otra manera.
Estas cosas pasan y el alma emerge una vez más en la vida terrenal para inscribirse una vez más en la Escuela de la Vida, el Jardín de Infancia de Dios, para allí aprender y reaprender sus lecciones. Y recuerda siempre que tanto el cielo como el infierno de todas y cada una de las almas residen en esa alma misma.



