¿Qué es la muerte? Nada más que la separación del alma de su caso terrenal.
¿Qué pasa con el caso cuando se desecha? ¿Desaparece de la creación de Dios? No, cae en polvo y cenizas, y se mezcla con el resto de la tierra cuyos elementos nutritivos la formaron en el principio. No abandona la creación, sino que permanece allí esperando otro destino.
Pero ¿qué pasa con el alma despojada de su velo? ¿Desaparece de la creación de Dios?
¡Oh, no! ¿Cómo podría ser posible que el elemento más noble deje de existir cuando el más vil es imperecedero?
¿Debemos creer que ha sido eliminado de la infinita multitud de seres creados porque ha quitado el velo a través del cual sólo él podía revelar su presencia a nuestros sentidos?
No, vive, porque el mismo polvo que una vez sirvió para envolverlo aún existe. Vive, porque Dios crea y no aniquila. Vive, porque en Su soberana sabiduría, Él no podía arrepentirse de ningún modo por el elevado destino por el cual le dio su existencia.
¿Es entonces tan doloroso quitarse este velo terrenal?
En verdad, el amor natural por la vida, que el Creador ha implantado tan profundamente dentro de ti, te inspira temor ante la idea de separarte de tu forma mortal, pero el poder de la mente humana puede triunfar sobre los terrores de la naturaleza.
¿Cuántos hombres generosos han enfrentado la muerte por su Dios, su patria, su fe, sus amigos?
La muerte no les aterrorizaba. ¿Cuántos seres pobres, débiles, degenerados, llevados por la desesperación, han dejado voluntariamente la vida que se había convertido para ellos en una carga?
Los moribundos no disimulan, y por sus rasgos podemos juzgar lo que pasa por sus mentes.
A partir de tal estudio, parecería casi como si el alma debiera experimentar una sensación agradable en el momento en que deja a un lado su botín mortal, porque a menudo se ha observado que los rasgos de las personas que mueren de enfermedades dolorosas asumen en el instante final una expresión de tranquila serenidad, mientras una sonrisa pacífica tiembla en los labios del cuerpo sin vida, dejados allí por el alma que parte, una sonrisa que parece decir: ¡Ah, qué alivio!
—Reina Victoria en espíritu



