Esto es lo que perdemos cuando lo sagrado se vuelve vendible.
Escuche este artículoEscuchar
(Foto: Magnífico)
Publicado el 14 de junio de 2026 08:08 a.m.
Hace poco vi, por enésima vez, un producto etiquetado como “sagrado”. Y eso me llevó a contemplar algo que me venía molestando desde hacía algún tiempo. Es decir, si todo está etiquetado como sagrado, ¿hay algo realmente sagrado?
No me malinterpretes. Hay cosas que son verdaderamente especiales y sagradas. Pero también está el marketing. Y últimamente, en ciertos espacios, parece que todo (cada experiencia, cada producto) está etiquetado como sagrado.
Cacao sagrado. Ceremonia sagrada. Sonido sagrado. Joyas sagradas. Retiros sagrados. Sales de baño sagradas.
Como si pudieras poner la palabra “sagrado” en una etiqueta y de repente fuera más significativa, más espiritual, más mística. O tal vez simplemente sea más vendible.
¿Necesitamos siquiera etiquetar algo como sagrado? Si todo es sagrado, ¿lo es entonces algo? ¿O el término se está diluyendo, convirtiéndose en una de esas palabras que suenan especiales pero que en realidad ya no apuntan a nada real? ¿Y qué estamos realmente tratando de decir cuando usamos esa palabra?
Lo bueno de lo que nos molesta es que estas experiencias pueden impulsarnos a reflexionar. Y como estudiantes de yoga, el autoestudio y la reflexión regulares son una parte tan importante de nuestra práctica como Down Dog. O al menos debería serlo.
¿Qué significa sagrado?
Quizás el problema no sea el uso excesivo de la palabra. Quizás el problema subyacente es que hemos sido condicionados a pensar que lo sagrado es algo que podemos comprar. Como si existiera o pudiera estar contenido en un objeto. O una etiqueta. O una marca. O algo importado de la India. O algo que parezca «espiritual».
¿No sería en realidad lo contrario el acto más sagrado? ¿No sería aparecer y ver todo como sagrado? Cada experiencia. Cada encuentro. Cada instante. No porque tenga una determinada estética o precio. No porque esté marcado de esa manera. Porque decidimos presentarnos radicalmente ante la vida como si todo fuera sagrado.
Quizás lo que hace que algo sea sagrado es la atención, el aprecio y la decisión consciente detrás de tratar algo como tal. Una relación entre nosotros y cada experiencia.
Entonces, el truco no es como comprar el producto o la experiencia de alguien. Es reconocer que todo lo que nos rodea ya es sagrado. Eso es lo que hace que el cambio pase de pasar desapercibido y ordinario a memorable y absolutamente extraordinario.
¿Cómo cambiaría la vida si tratáramos más momentos ordinarios como tales? Nuestro té. Nuestras relaciones. Nuestro dolor. Nuestra alegría. Nuestros cuerpos. Nuestras cocinas desordenadas. Nuestras oraciones. Nuestros días de semana, nuestras noches de semana, nuestros fines de semana, incluso las partes aburridas.
Ciertas cosas y experiencias pueden ayudarnos a experimentar lo sagrado. Pero el truco de la vida es reconocer que todo lo que nos rodea tiene ese potencial. Y eso es algo que todos pueden permitirse.



