Aquellos que sufren, y algunos sufren mucho, saben que a los ojos de Dios tales aflicciones del cuerpo se cuentan como regalos directos a Él debido al amor del yo mayor interior: ese yo que todo lo ve y todo lo sabe, que es capaz de mirar más allá del presente y ver en el gran más allá lo que ha traído en el camino de la santidad.
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