Durante los confinamientos por el Covid-19 en todo el mundo, muchas personas empezaron a hacer justamente eso, desarrollando un apego a la naturaleza (tal vez ruda) que encontraban a su puerta. Para muchos de nosotros, el valor inherente a la naturaleza y las incalculables formas en que nos beneficiamos al conectarnos con ella son obvios.
«Lo extraño es que la gente valora la naturaleza, pero no tiene la elevación política para afectar la toma de decisiones de una manera que refleje los valores que la gente tiene por la naturaleza», dice Bekessy. «Básicamente, la gente ama el asombro y las maravillas de la naturaleza, y es una parte absolutamente fundamental de quiénes somos todos».
Queda por ver si el fomento de nuestras relaciones individuales con la Tierra puede influir en las políticas –e incluso mantener bajo control el mercado global de carbono–.
Sin embargo, hay señales de que aquellos que favorecen una relación con el planeta más holística, en lugar de basada en transacciones, están empezando a hacer oír su voz. Después de mucho debate entre delegados de diferentes partes del mundo, los miembros de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) –una iniciativa similar al IPCC para la biodiversidad– acordaron utilizar el término Madre Tierra, junto con el lenguaje de servicios ecosistémicos, en su marco conceptual.
«Nunca había visto un lenguaje así en un acuerdo internacional», dice Frechette. «Esto demuestra que la gente está cambiando y reconociendo que este es el único barco y madre que tendremos y que si no empezamos a cuidarlo, las cosas van a salir mal».



