Juan de la Cruz describe la duda que perturba al alma en la noche oscura, cuando todo sentido de conocer a Dios está ausente. Mirabai Starr traduce la obra clásica de John. Noche oscura del alma:
El profundo sufrimiento del alma… proviene no tanto de la aridez que debe soportar sino de esta creciente sospecha de que ha perdido el rumbo. Piensa que toda bendición espiritual se acabó y que Dios la ha abandonado. No encuentra apoyo ni deleite en las cosas santas. Cansada, lucha en vano por practicar los (métodos de oración) que solían dar resultados.
Juan de la Cruz anima a quienes experimentan esta noche oscura a confiar en el silencio que surge cuando renunciamos a nuestra necesidad de hablar con Dios usando palabras:
Este no es momento para la meditación discursiva. En cambio, el alma debe entregarse a la paz y la tranquilidad, incluso si está convencida de que no está haciendo nada y está perdiendo el tiempo. Podría suponer que esta falta de ganas de pensar en cualquier cosa es un signo seguro de su pereza. Pero la simple paciencia y perseverancia en un estado de oración informe, sin hacer nada, logra grandes cosas.
Todo lo que se requiere aquí es liberar su alma, dejarla libre de trabas, permitirle tomar un descanso de las ideas y el conocimiento, dejar de preocuparse por pensar y meditar. El alma debe contentarse con una atención amorosa hacia Dios, sin agitación, sin esfuerzo, sin deseo de gustar o sentir (a Dios). Estos impulsos sólo inquietan y distraen al alma de la quietud pacífica y la dulce tranquilidad inherentes al don de la contemplación que se ofrece.
El alma podría seguir teniendo reparos en perder el tiempo. Quizás se pregunte si no sería mejor hacer otra cosa, ya que no puede pensar ni activar nada en la oración. Que soporte estas dudas con calma. No hay otra manera de acudir a la oración ahora que rendirse a esta dulce tranquilidad y amplitud de espíritu. Si el alma intenta emplear sus facultades interiores para lograr algo, desperdiciará la bondad que Dios le está infundiendo a través de la paz en la que simplemente descansa….
Lo mejor que puede hacer el alma es no prestar atención a que las acciones de sus facultades se le escapan… Ella necesita quitarse del camino. En pacífica plenitud, que diga ahora “sí” a la contemplación infusa que Dios le concede… La contemplación no es otra cosa que un influjo secreto, pacífico y amoroso de Dios. Si se le da espacio, encenderá el alma en el espíritu de amor.
Referencia:
Juan de la Cruz, Noche Oscura del Alma, trans. Mirabai Starr (Riverhead Books, 2002), 67, 68–69, 70.
Crédito de imagen e inspiración.: Laura Barbato, intitulado (detalle), 2020, foto, Italia, Unsplash. Haga clic aquí para ampliar la imagen. Limpiar la niebla de la ventana se convierte en nuestro pequeño gesto de estar en la Noche Oscura: un “Estoy aquí” encarnado que busca claridad en medio del desconocimiento, mientras que la vela pequeña y constante nos recuerda que el espíritu aún arde suavemente incluso cuando la estación se siente brillante y nuestro mundo interior no.



