Sabía también que no había otra manera de manifestar ese amor que mediante el servicio amoroso a sus hermanos.
Sirvió a los más humildes y pobres.
Aquellos que nunca habían oído su nombre ni sabían lo que hizo por ellos, porque dio a todas las causas buenas y nobles la ayuda y la fuerza que las convirtió en poderes para el bien, cuyos frutos sólo las edades pueden decir.
Atendió, también, las urgentes necesidades espirituales de aquellos que, hambrientos y sedientos de justicia, acudían a él como una fuente visible de fortaleza.
Mientras aprendía y enseñaba, regaba y era regado, llegó al final de una fase de su ser: cuando ya no podía ser retenido por la carne.
Lo que en su servicio anterior fue una ayuda superada se convirtió en un obstáculo, y el llamado…
Subir más alto no era más que una consecuencia de la aptitud adquirida a través del servicio fraternal para ascender a otra esfera y entre otros entornos.
Sus labios arden aún con la adoración de su gran capacidad amorosa, llenos hasta desbordar, y el brillo de su rostro es el de quienes permanecen con el Señor en el Monte de la Transfiguración.
Está lleno de deseo de ayudar y servir, y toda su naturaleza fluye serena y poderosamente, como un río caudaloso iluminado por los rayos del Sol de Justicia cuyo resplandor se refleja en mil luces centelleantes y relucientes.
Que permanezca, pues, en vuestros pensamientos, como aquel que amó a sus semejantes y a quien el Señor ha bendecido.



